Alegoría al Bicentenario

Alegoría al Bicentenario
Alegoria al Bicentenario: Grito de la libertad
"De medico y loco, todos tenemos un poco" Tal vez, de artista también. Al menos hoy en día, cuando es tan fácil acceder a cursos, materiales, etc. Y la verdad, dando una vueltita por las paginas de nuestros diarios, encontramos siempre alguna propuesta para visitar galerías, exposiciones individuales, colectivas, y nombres nuevos que surgen. Algunos quedan, otros desaparecen. Hace casi 20 años que me dedico a la pintura al oleo. Participe de algunas exposiciones, hice una individual, hace dos años, y bueno, ahora me decidí a entrar a ese mundo fascinante de los "bloggers". Mis motivos favoritos son los caballos y los paisajes, tanto del Paraguay, como también de otros lugares. De a poquito compartiré con ustedes mis obras. Siempre trato de que mis cuadros cuenten alguna historia, o sea, que no sean meramente decorativos.Quiero darle al espectador la posibilidad de adentrarse en un paisaje, sentir el sol caliente nuestro que se refleja en caminos arenosos,la sombra refrescante que brinda un viejo árbol al costado de un sendero en un campo abierto. Así que, : BIENVENIDOS A MI MUNDO

sábado, 3 de agosto de 2013

Una historia que no es Historia

                Asunción, domingo, uno de Agosto del 2004. En Villa Elisa la familia Ortiz se estaba preparando para ir a visitar a una tía en el barrio Santísima Trinidad. Iban ir todos. Doña Manuela de Ortiz y su esposo Pedro discutían aun lo del almuerzo, cuando su yerno, Carlos, dijo que él se encargaría de eso, comprando algo de comida lista del supermercado grande. Su señora, Gloria, termino de peinar a la hija y dándole los últimos toques al moño del vestidito verde de la niña, se acordó de la fecha: ¡hoy era el uno de Agosto! El día del tradicional Carrulín. ¿Era el verde mate del vestido que le hizo recordar ese viejo clasicismo paraguayo? Ella no lo sabía, pero salió al jardín a buscar una ramita de ruda.
                -¡Mama!- le grito Gloria a Doña Manuela que ya estaba sentada en la camioneta. -¿Dónde está tu planta de ruda que siempre tenias aquí en ésta maceta? Quiero preparar el carrulin para llevarlo a lo de la tía; así lo tomamos todos juntos.-
                -No se mijita- dijo Doña Manuela bajándose de la camioneta. –Creo que se me secó. Pero podemos pedirle a mi vecina. ¡Qué suerte que te acordaste! Mira, que ni tu padre pensó en eso hoy.-
                Las dos mujeres salieron a la calle para ir a la casa de la vecina. Don Pedro y su yerno se encogieron de hombros, resignados a esperar. –Mujeres- murmuraron. Como si fuera que no podían comprar ruda por ahí… Pero si Gloria se había propuesto algo, no paraba antes de obtenerlo.  Así que, Don Pedro volvió a entrar a la casa para buscar la botella con caña que siempre estaba en el aparador del comedor. Estaba vacía. Bueno, comprarían una en el supermercado.
                Las mujeres volvieron, satisfechas con la ruda en mano. -¿Y la caña?- pregunto Gloria al marido. –Termino- respondió Carlos. –Pero no te preocupes, compro una botella en el super.-
                -No, no- dijo Gloria con vehemencia. –Voy aquí nomas a la despensa, quiero llevarlo pronto a lo de la tía.- Y a pesar de las protestas de los demás, agarro su bolso y volvió a salir. Tardo un montón, porque había mucha gente en el Almacén de Don Nicolás, y cuando por fin volvió con su botella de caña, ya eran casi las diez de la mañana. Gloria machaco la ruda en un morterito de palo santo mientras que su padre, rezongando, cortaba los limones. La niña y la abuela ya esperaban en la camioneta y Carlos les apuraba a su esposa y al suegro.
                -Vámonos ya, que tengo que comprar la comida de ida- dijo en tono impaciente. –Primero pasamos por lo de la tía- repuso Gloria rotundamente. –Tomamos todos el carrulin y luego nos vamos a buscar la comida.- ¿Cómo oponerse a tanta terquedad? Carlos suspiro y fue a ocupar su lugar detrás del volante.
                Por fin salieron. El transito era fluido y en poco tiempo llegaron a Santísima Trinidad. La tía los recibió sonriente: con seis copitas y una botella con carrulin. Entre risas y comentarios sobre el tiempo perdido en busca de ruda y caña, brindaron por la salud de todos, por los parientes y amigos lejanos. Carlos seguía de mal humor, apretujando por ir en busca de la comida porque se hacía tarde. –Todo por tu culpa Gloria- dijo enojado. –Y para mas, tu tía ya tenía preparado el famoso carrulin.- Gloria ni respondió. Conocía el mal genio de su marido y prefirió callar.
                -Traigan algo de pasta también- dijo la tía, –que allí lo preparan muy rico- entregándoles una fuente para la pasta y otro recipiente para el asado. Ella no quería los envases de plástico. Decía que le cambiaban el sabor a la comida.
                La nena también quiso ir;  por los postres y porque sabía que algo el papá le compraría. Ella sabia como manejar a su padre y siempre se salía con la suya.
                -Como le gusta a la gente quemar la basura- dijo Gloria indignada, subiendo la ventanilla del vehículo. -Deberían prohibirlo, es tan molesto.- Su esposo asintió.El humo se hacía cada vez más denso. Carlos, nervioso, tocó la bocina; había mucha gente en la calle y cada vez aumentaban. Corriendo, cruzando la calle sin mirar, gesticulando y gritando. ¿Algún accidente que aglomeraba a los curioso? Pero no, fue otra la razón por la cual cundió el pánico. ¡Era fuego!
  Cuando bajaron de la camioneta, el guardia de seguridad del supermercado cerraba las puertas de acceso. Grandes puertas de vidrio, pesadas, y por dentro, gente atrapada. Desde afuera las personas tiraban piedras, tratando de romper el vidrio. Pero éste resistía. Parecía que esas puertas, terribles aliados de la codicia del dueño de ese local, se burlaban de los gritos y de la desesperación.
                Gloria, Carlos y la niña quedaron atónitos frente a lo que sería la peor tragedia en Paraguay. Volvieron a lo de la tía como en trance. Nadie pensó ya en comer. Las mujeres se santiguaron, murmurando plegarias en voz baja y Gloria, muda, no podía dejar de mirar la botella con el carrulin que ella había preparado. Le parecía que a la botella le iban creciendo alas y que de a poco se transformaba en una tenue imagen de un ángel salvador. El fuego se había iniciado exactamente cuando ellos habían llegado a la casa de la tía. ¿Qué hubiera sido de ella, de la niña y de su esposo si no preparaba aquella botella antes de salir?
                Gloria hoy es mi amiga. Ella me conto esa historia que no es historia. El recuerdo de aquel día aun sigue vivo en cada paraguayo.......... ¿Y la justicia? Quedo con los ojos vendados, muda……

                Gracias Gloria por ser terca…. Y gracias por ser hoy mi amiga……… y para todos aquellos que no conocen el carrulín: es caña a la cual se le pone ruda y limón. Es una tradición paraguaya tomar un traguito el primer día de Agosto para ahuyentar los males; parecida a la tradición andina, en el día de la Pachamama.


Janina Bradler

miércoles, 3 de julio de 2013

El rosario de marfil




            Con el tercer canto del gallo, Martín Orue se levanto. Hoy seria su gran día. Hoy iría a la ciudad por primera vez. No era una ciudad cualquiera, no. Era una ciudad fronteriza, una ciudad convergente de tres fronteras. Comercial, bulliciosa y aventurada. Martín Orue estaba lleno de expectativas. El hecho de que le llevaría casi un día entero en llegar a su destino, tomando tres colectivos diferentes, aumentaba aun más sus esperanzas. ¿Quien sabe, si allí, durante el viaje no encontraría a personas interesantes? ¿Quizás un compañero con las mismas ambiciones, o tal vez una mujer interesante? “Cuídate de las mujeres de la ciudad,” le había dicho su madre, la vieja Apolonia, viuda de Orue. “Las mujeres allí son diferentes, no son buenas.” “Y vuelve para la semana santa”, agrego luego.
Martín se reía bajito al recordar las palabras y las preocupaciones de la madre. Mientras sacaba agua del pozo para lavarse la cara, parecía escuchar su voz,  aquella voz algo quejumbrosa que daba las indicaciones de buenos modales a su hijo menor, antes de que este se aventurara a salir de la casa, del pueblo, donde toda su familia vivía por generaciones.
            Martín era el último de los hijos de los Orue. Los siete hermanos; tres mujeres y cuatro varones, se habían casado, ya tenían familia. El del medio, José, era el eterno quebranto de la madre. Y las pocas veces que había tenido un trabajo decente para mantener su mujer y los tres hijos, fue una lechada de cal para su oficio predilecto: el abigeato. Todos los estancieros en la redonda ya habían sido sus victimas, pero José “trabajaba” con astucia; siempre regalaba carne a los mas pobres de la villa, al comisario, al jefe de la Seccional en el pueblo y hasta a veces, un buen trozo para asado le llegaba a Don Colman, el acopiador  y dueño del almacén mas grande. De esa manera, José conseguía coartadas y la vista gorda de la policía y, para el pesar de la viuda Orue, Martín admiraba las hazañas del hermano y sus artimañas. Tal vez por eso, ella no objeto en contra del viaje de Martín a la ciudad, apoyándolo hasta con bastante dinero que José, benevolentemente le solía regalar; dinero que ella jamás uso, porque decía que era sucio. Lo único que ella si usaba siempre, también un regalo de José, era un rosario de marfil. Ese rosario José le compro en Buenos Aires, la única vez que trabajo fuera del país, de forma legal y decente.
            Cuando Martín llego a la ciudad fronteriza, se quedo maravillado con el espectáculo que a diario esta ciudad despliega con su transito alocado, los innumerables mesiteros que ofrecen sus mercaderías, el incesante ir y venir de turistas y compradores extranjeros. Nada tenia de parecido esto con la placidez aburrida de su pueblo; aquí, en esta ciudad, reinaba la omnipotente deidad del dinero, la codicia y la ambición. Aquí el encontraría con toda seguridad un trabajo del cual su madre podía estar orgullosa y con el dinero que el ganaría, bien podría competir por fin con José, su hermano, que siempre dejaba entrever que el era el único que le obsequiaba regalos costosos a la madre, las hermanas y hermanos. Generalmente eran cosas innecesarias y en vez de instalarle a la mama un sistema de agua corriente para facilitarle la vida, le llevaba perfumes y santos. También le regalo una cocina a gas, pero nunca le volvió a llenar la garrafa, y cuando el gas termino, la cocina fue a parar debajo del alero de paja y en su horno anidaban las gallinas. Todo eso recordaba Martín mientras observaba atónito las transitadas calles.
 Los bocinazos y el ruido de los motores le mareaban, pero estaba feliz. Pronto entablo una conversación con un hombre que le pareció confiable. Un cambista que durante algunos minutos venia observando al muchacho, barajando rápidamente sus posibilidades de ganarse un extra con ese joven. Con avidez se percato de que era carne nueva, nunca lo había visto por allí y toda la expresión del muchacho delataba su naturaleza de novato. Con una sonrisa jovial le estrecho la mano, le dio unas palmadas de camarada en el hombro y a pocos minutos a Martín le pareció conocerlo desde siempre. El cambista le ofreció mostrarle un departamento en uno de los barrios mas alejados del centro y Martín acepto. Acepto el precio de alquiler del apartamento, las cervecitas frías que le ofreció el cambista y finalmente se hizo socio de el, entregándole el resto del dinero que tenia. El cambista lo esperaría al día siguiente en el lugar donde horas antes se habían conocido y Martín ya podía sentir entre los dedos los billetes que se deslizaban, sentía el olor del dinero y entre los velos de cerveza que le iban nublando la vista, antes de caer en profundo sueño, vio la cara feliz de su madre y escucho las voces de los hermanos que le felicitaban por sus logros.
Martín jamás volvió a encontrar al cambista. Ni sabia el nombre y a los otros cambistas de la zona, su búsqueda desesperada les resulto graciosa. Entre risas y burlas Martín deambulaba entre ellos, hasta que uno le dijo que deje de fastidiar y que se busque un trabajo. ¡Un trabajo! ¡Claro que si! Si para eso el había venido. La palabra trabajo despertó en el nuevas esperanzas y empezó con la batida. Ya bien avanzado el día y con el estomago retorcido del hambre, Martín se desplomo sobre un banco de hormigón. Había golpeado muchas puertas, hablo con tanta gente, vio tantas cosas, tanta gente trabajando, descargando, cargando cajas con electrónicos que el nunca había visto antes, pero trabajo, trabajo no consiguió. En su cabeza giraba un remolino de pensamientos de culpa, de miedo y de frustración. Un chipero que pasaba con su canasta casi vacía, debió haber visto la desesperación en la mirada del joven y le regalo un chipa. Martín murmuro un “muchas gracias” y con el primer mordisco que trago, trago también la amarga experiencia de ser objetivo de caridad de otra persona.
Al atardecer volvió al departamento. Cabizbajo y desecho, sin trabajo y con hambre, se acerco a la puerta, buscando en sus bolsillos la llave cuando de pronto una voz chillona le arranco de su enajenación. Frente a el, una mujer gorda y vestida de rojo, las manos apalancadas en la cintura, lo miraba de arriba para abajo, haciendo una mueca despreciativa.
“Así que vos sos el nuevo inquilino”, dijo finalmente y luego le estrecho la mano abierta y con tono de comandante de cuartel ordeno:
“Dame la llave”. Martín deposito con dedos temblorosos la llave en aquella mano reclamante y luego retrocedió unos pasos. Esa mujer lo asustaba. La de rojo se volvió para abrir la puerta y antes de que Martín pudo preguntarse a si mismo que era lo que ella pretendía, volvió a escuchar la vos comandona:
“Apúrate y saca tus cosas, ese apartamento ahora es mío” y con un gesto imperioso invito a Martín a acatar la orden. La protesta de este se le murió en los labios ante tanta autoridad y asustado como un conejo cazado por un perro, entro y junto sus maletas, saliendo a las corridas. La risa  fragorosa de aquella mujer siguió en sus oídos por varias cuadras, hasta que finalmente llego al mismo banco de hormigón donde ya había estado al medio día. Pero ahora ya casi nadie estaba en la redonda. Los mesiteros desaparecieron como por arte de magia. Montones de basura y de cajas vacías de cartón  o isopor colmaban las veredas y algunos perros hambrientos, igual que el, husmeaban entre los desperdicios que a lo largo del día tiro la gente. Ni remotamente este panorama recordaba al de la tarde anterior, cuando Martín piso por primera vez el pavimento de aquellas calles y veredas. Y ni remotamente el ánimo de Martín era el mismo como el del día anterior. Resignado, usando su maleta como almohada, Martín se acostó en el banco duro y frío. Un perro se le acerco, olfateándole la mano que aun tenía aroma de chipa y con un suspiro hondo Martín le dio una palmada en la cabeza;
“Quizás mañana, vos y yo, tengamos mas suerte”, dijo en voz baja y luego cruzo los brazos por debajo de la cabeza y encandilado por las luces de neon de los grandes paneles de propaganda y de la luz de los faroles, cerro los ojos cansados y afiebrados. –O tal vez mañana vuelvo a casa- pensó, antes de caer en un sueño inquieto y azorado.

Varias semanas pasaron y Martín encontró changas aquí, changas allí y de cuando en cuando un compañero de trabajo lo invitaba a pasar la noche en su casa y así podía dormir, si bien no en una cama, pero por lo menos en un colchón tirado al piso. Otras veces una mujer vestida de rojo compartía un colchón con el, pero luego desaparecía y después venia otra. Y si nadie le ofrecía lugar para dormir, pasaba las noches en su banco de siempre, acompañado por los perros que ahora que Martín tenía un poquito de dinero, siempre recibían de sus manos algún resto de comida. Al anochecer ya lo esperaban y lo saludaban alegres, luego se echaban al suelo alrededor del banco, como velando el sueño de su amo, callejero como ellos.
 Las cosas cambiaron cuando Martín conoció a un muchacho que en horas de la noche descargaba contenedores. Se hicieron amigos, y  al poco tiempo Martín también descargaba camiones y contenedores en el centro de la ciudad cuando ya todos los negocios estaban cerrados y las calles estaban vacías. Muy pronto Martín aprendió y como los otros, reservaba clandestinamente una que otra mercadería para venderla al día siguiente en las calles, a un precio bastante inferior al de los negocios. Recibía su salario regularmente, compro ropas, un celular y en cuanto pudo, cambio su banco de hormigón por un apartamento bonito en los suburbios de la ciudad.
 De su gente el no sabia nada. Si bien sabia que José tenia un teléfono celular, el desconocía el numero o no lo recordaba. Así que se quedo con las ganas de querer saber algo de su familia, o tal vez ni quiso saber. Junto algún dinero y cuando se aproximo la semana santa, decidió ir a visitar a su madre. Aquel Martín, que meses atrás llego a la ciudad con cara de novato, embelesado por el  bullicio y el neon, desapareció entre las garras de un despiadado destino. Pero como el ave fénix, que renace de las cenizas, también Martín renació. Se hizo fuerte, habilidoso y actuaba con astucia. La venta de las cosas robadas le dejaba un buen saldo todos los días. Y mujeres gordas, vestidas de rojo, nunca más lo intimidaron. A veces recordaba los consejos de la vieja Apolonia y un ribete de remordimiento se quería apoderar de el. Pero Martín no  permitió que esas sensaciones se prolongaran y poco a poco iban cesando, desapareciendo por completo y también desapareció su benevolencia que solía tener con los perros y que durante algunos días le seguían esperando al atardecer, al lado del banco de hormigón.
Martín experimentaba orgullo cuando recorría con la vista las cajas apiladas con electrónicos que guardaba en su habitación. También había perfumes, prendas de vestir y calzados. De entre estas últimas cosas eligió algo para la madre, las hermanas y en especial para José y emprendió el viaje de regreso a su pueblo. Cerró muy bien la puerta, con candado adicional y todo, no sin antes esconder las cajas debajo de la cama y debajo de la mesa que estaba cubierta con un gran mantel floreado.
Era Jueves Santo cuando llego al pueblo. Al bajarse del colectivo, se topo con una fila interminable de gente que le seguía caminando a un féretro negro, adornado con rosas y orquídeas blancas de seda, igual a las flores que el a veces descargo de los camiones en medio de la noche.  Entre las personas el llego a reconocer a algunas y quiso saludar, pero los ojos llorosos con sus miradas de reproche silenciaron su boca. Intrigado le pregunto a un chico que vendía golosinas en la parada del micro.
“Murió la vieja Apolonia de la Villa”, contesto el muchachito, limpiándose los mocos con el dorso de la mano porque estaba tremendamente resfriado. “La viejita murió ayer, después de ver las noticias en la tele de su hijo José. No se bien lo que paso, pero dicen que ella reconoció a otro hijo suyo que vivía en la frontera y ahora lo busca la policía porque dicen que robo muchas cosas.” El chico quería seguir contando, orgulloso de poder informarle al extraño, pero ya Martín no lo escuchaba. Agarrando un atajo que conocía desde niño, cruzo casi corriendo el campo y llego exhausto a la casita donde el y la madre vivieron los últimos años. En el umbral de la puerta lo esperaban los hombres uniformados y los paquetes que Martín llevaba en las manos se cayeron al suelo. La vista se le nublo de lágrimas y cayo sobre rodillas. Allí, en el suelo, medio cubierto de polvo y arena, estaba tirado el rosario de su madre, el rosario de marfil y el lo agarro con las dos manos, como queriendo encontrar en esa reliquia amparo y consuelo. Cuando le esposaron los policías, de sus dedos entrelazados colgaba el crucifijo y el metal frío rozo sus dedos.
La ciudad amaneció con el bullicio de siempre. Una fina llovizna caía en blancos velos y difusamente se veían las siluetas de los edificios en la pálida luz de la madrugada. Martín se despertó lentamente; todo el cuerpo le dolía de frío y humedad. Uno de los perros dormía acurrucado a su lado, encima del banco de hormigón y la hebilla de su viejo collar le raspaba la muñeca.


Janina Bradler

miércoles, 26 de junio de 2013

Don Ramón

            Un hombre de mediana estatura. De una edad no tan bien definida, si bien algunas canas en las sienes y unas pocas arrugas alrededor de sus ojos cuando sonríe, demuestran que ya no es un jovencito. Pero siempre alegre, siempre servicial y atencioso.
            Lo conozco desde hace ocho años. Con su postura humilde detrás del mostrador de la sección de los cárnicos en un pequeño supermercado, lo vi por primera vez. Toda su apariencia irradiaba pulcritud e higiene. Los paños, con los que limpiaba el cuchillo cada vez que cortaba un trozo de carne requerido por un cliente, blancos y limpios. Los cambiaba a menudo. Y si nadie compraba carne, Don Ramón estaba sumamente ocupado en desarmar y limpiar la sierra o el molino de carne. Aunque lo tuviera que volver a usar enseguida. Y nunca contestaba con un –no hay- Siempre encontraba algo con que satisfacer a su clientela. Recomendando un corte nuevo, una carne de oveja recién llegada o un pernil de cerdo, jugoso y apetitoso. Nosotras, las amas de casa, llevábamos muchas veces algo que en un principio no habíamos tenido en mente. Y bueno, entonces, en vez del estofado, el guiso o la milanesa, para el medio día había un pernil dorado al horno o una salsa suculenta, hecha con la carne molida fresca y de primerísima calidad; molida sobre la hora por Don Ramón.
            El supermercado cerro, después de algunos años. La competencia con un gigante que abrió una sucursal a poca distancia, hacían imposible y obsoleta la subsistencia del pequeño local. En una euforia, todos los habitantes de la zona invadían el nuevo supermercado que ofrecía prácticamente de todo. Abierto hasta altas horas en la noche e incluso sábados, domingos y feriados, atraía a las masas con ofertas especiales, productos exóticos del lejano oriente y con la facilidad de poder pagar con todas las tarjetas de crédito que el mercado local ofrece.
            El pequeño supermercado donde trabajaba nuestro amigo, se transformo en un restaurante que vende comida por quilo. Y Don Ramón, en una esquina que fue apartada para ese fin, seguía vendiendo carne. Con la misma amabilidad de siempre, pero con el semblante mucho menos feliz.
            Al poco tiempo, el restaurante necesitaba de aquel espacio que ocupaba la carnicería y Don Ramón desapareció con él. Los pormenores no me son familiares y seguramente tampoco a tantos otros que formaban su clientela. Ahora todos íbamos al supermercado grande; hasta incluso, la carne era mucho más barata. ¡Qué suerte la nuestra! Las cosas no estaban como para no apreciar la oportunidad de adquirir la misma calidad en cárnicos y embutidos por menor precio. Pero…. ¿era realmente la misma calidad? Al principio, si. La calidad buena, el precio bueno, la atención buena. Que más se podía pedir.
            Pero como en muchos de los casos, cuando un negocio  empieza a dar rentabilidad, la eficiencia del personal y la calidad de los productos tienden a decaer. Aquí no fue distinto. Una vez formada una clientela segura, ya la carne no era la misma. Y sin mencionar la falta de higiene que se hace sentir cuando se guarda la carne por algunos días en el refrigerador y adquiere un olor y sabor desagradable. ¿Vieron la mosca que baila su danza fecunda entre los cortes de costilla?
 Las verduras muchas veces marchitas y la panadería incapaz de ofrecer una calidad constante y buena. En las góndolas faltaban cada vez más las exquisiteces que en un principio atrajeron al público y más de una vez, el sistema fallaba y no aceptaba las tarjetas de crédito. También la atención y/o reacción de las cajeras dejó mucho que desear. Y no tan solo de ellas. Los muchachos de la sección de carnes, las chicas que atienden la fiambrería: o son pocas o son desinteresadas. A veces hay tres, cuatro, cortando carne, empaquetando quesos y jamón, mientras hay una fila de diez o más personas esperando. ¡Eso sí, esperando con una paciencia angelical! Acá en Paraguay nos falta aprender a reclamar…
            Y si por desventura alguien quiere comprar carne molida a las diez de la mañana, un –no hay- seco y desentendido por parte de los muchachos, afilando sus cuchillos, es la respuesta. Y… por las dudas, ¿no podrían hacer el favor y moler un quilo o dos? La respuesta es clara y contundente: -Ahora no hay señora- Pero, como dije: no protestamos, no hacemos escándalo, no defendemos nuestro derecho de consumidor. Porque eso  somos. Consumidores. Ya no somos clientes a los cuales se les conoce por el nombre. A los cuales se les pregunta cómo anda la familia, el trabajo, el perro. Y entonces nos damos la media vuelta y nos vamos, porque diagonalmente frente al gran supermercado esta la solución para casos como este. En un local que ya vio transitar por sus cuatro paredes un sinfín de establecimientos como una heladería, una boutique, una tienda, abrió sus puertas la carnicería de Don Ramón. Y allí está él de vuelta. Con su sonrisa de siempre, con su inigualable capacidad de ofrecer y vender.
            -¿Carne molida? Pero claro que sí. Y aunque no tuviera molino, ¡a cuchillazo limpio se lo prepararía señora! ¿Cuánto puede ser?
            Y allí estamos, todas las amas de casa de vuelta, seducidas por el trato y por los cortes de carne de Don Ramón, el Carnicero de Ley.

Joana

viernes, 21 de junio de 2013

Reflexiones al margen de los hechos
            Leyendo las publicaciones en las redes sociales acerca de los actuales tumultos en el Brasil, me sorprende lo desatinadas que son ciertas personas que con su grito “Revolución” concitan a las masas. Los que aguijonean con refranes, santo y seña, son generalmente aquellos que están bien acomodados y muchas veces hasta muy alejados de los hechos o quizás hasta están viviendo en otros países.
            Si bien es una cruda realidad de que tanto en ese país, como en tantos otros en el mundo entero, la educación, la salud y el bienestar social sufren un tremendo déficit, también es una realidad que sediciones de esta índole muchas veces tienen un trasfondo netamente político. Y, sin querer presumir o hacerme de la entendida, en la mayoría de los casos el sufrimiento de un pueblo es aprovechado para alcanzar un objetivo que nada tiene que ver con mejorar específicamente la  insatisfacción de la nación; pero aquellos que claman por justicia y mejoras, se sienten apoyados por algún movimiento, alguna corriente política y pronto se suman los necesitados y humillados. Triste es que también se suman los agitadores, los ignorantes y los oportunistas que a veces ni siquiera saben el porqué de la protesta; son simplemente simpatizantes del alboroto, holgazanes que se hacen pasar por defensores de los débiles.
            Y esas masas furibundas, casi enajenadas son tratadas, por fuerza mayor, como criminales porque lastimosamente se comportan como tales. Cunde el pánico, el vandalismo y el saqueo. Esto ya no tiene nada que ver con la idea principal que movilizo a un sector de un pueblo en el principio. Y aquellos que tienen la palabra revolución en la punta de la lengua, bueno, yo diría que se la traguen. ¿Cuánta sangre fue derramada en todo el mundo y a lo largo de la historia de la humanidad? ¿Cuánto sufrimiento generaron las revoluciones sangrientas que siempre surgieron a raíz del descontento de un pueblo? Y siempre fue el pueblo que pagaba el tributo. Un tributo alto. Y una secesión de todo aquello que representa a un pueblo sano y fuerte. Y esto a veces por muchos años.
            Con respecto a las protestas en Brasil yo pregunto: Y por acaso, esa oportunidad que tiene ese país en ser el anfitrión de dos de los eventos deportivos más importantes del mundo, ¿No traerá beneficios a grandes sectores de la población? Por ejemplo las grandes empresas constructoras y en consecuencia una demanda importante de mano de obra; la hotelería y el turismo, la gastronomía por nombrar algunas. Aparte de que infraestructuras como estas, que son necesarias para eventos de tamaña envergadura, no acaban con los juegos. Siguen allí. Pero, como dije anteriormente, es una opinión mía. No quiero politizar, ni acusar. Simplemente pregunto.
            Y recuerdo un hecho que ocurrió hace unos años en el condominio donde vivo. En un momento dado se presento una gran oportunidad: La Copa Davis se llevaría a cabo en nuestra comunidad.          Eso implicaba grandes cambios en la infraestructura a nivel del club, la hotelería, la seguridad etc. Sin embargo ese sueño se trunco por culpa de algunas personas que, sin visión del futuro, alegaron un sinfín de reparos  y contras; en primer lugar: el gasto y la seguridad. Y la mayoría, sin pensar, indagar o informarse, se ciñeron a la misma puntuación. Pero, ¡oh sorpresa! Aquellos gastos tan temidos como también la implantación de un sistema sofisticado de seguridad ya estaban elaborados y subvencionados en su totalidad por grandes empresas del mercado local. Las lamentaciones póstumas no cambiaron la realidad: La Copa Davis se jugó en otro país y sobró la conmiseración propia. Ojala no le ocurra algo semejante al vecino país.
            Y para finalizar, una última pregunta y quizás la de mayor trascendencia: ¿Cómo es posible, que en un país como el Brasil, cuna de grandes astros en el firmamento deportivo, patrocinador por excelencia de todo tipo de deportes y ejemplo destacado en hospitalidad y atención al turista, el pueblo se levanta en contra de aquello que mundialmente es un privilegio febrilmente anhelado por tantas naciones?


Joana

miércoles, 19 de junio de 2013

Corceles de espuma

Eternamente
galopan corceles
de blanca espuma
azotando la arena,
las rocas oscuras,
rocían las piedras
dejando sus versos
en la azulada cinta
de la playa serena.

Olas estruendosas
en un vaivén
enfurecido
cabrillean las crestas
con salada ira.
Bravean y rugen
de tiempos vividos
- y olvidados -
de tiempos aquellos que
aun no lejanos,
sintieron los pasos,
oyeron las odas
y todas las estrofas
del Canto General.
Poemas, baladas,
infinitas obras
de esa pluma inmortal.

Los corceles de espuma
de Isla Negra
en galope eterno
perpetúan poemas.
Llevan los versos
en efervescencia;
transportan
la esencia
de Pablo Neruda.

Janina Bradler

viernes, 30 de noviembre de 2012

"En los cerros del Ybyturuzu" oleo sobre lienzo


"A la salida del Pueblo" oleo sobre lienzo


El Rosario de marfil


            Con el tercer canto del gallo, Martín Orue se levanto. Hoy seria su gran día. Hoy iría a la ciudad por primera vez. No era una ciudad cualquiera, no. Era una ciudad fronteriza, una ciudad convergente de tres fronteras. Comercial, bulliciosa y aventurada. Martín Orue estaba lleno de expectativas. El hecho de que le llevaría casi un día entero en llegar a su destino, tomando tres colectivos diferentes, aumentaba aun más sus esperanzas. ¿Quien sabe, si allí, durante el viaje no encontraría a personas interesantes? ¿Quizás un compañero con las mismas ambiciones, o tal vez una mujer interesante? “Cuídate de las mujeres de la ciudad,” le había dicho su madre, la vieja Apolonia, viuda de Orue. “Las mujeres allí son diferentes, no son buenas.” “Y vuelve para la semana santa”, agrego luego.
Martín se reía bajito al recordar las palabras y las preocupaciones de la madre. Mientras sacaba agua del pozo para lavarse la cara, parecía escuchar su voz,  aquella voz algo quejumbrosa que daba las indicaciones de buenos modales a su hijo menor, antes de que este se aventurara a salir de la casa, del pueblo, donde toda su familia vivía por generaciones.
            Martín era el último de los hijos de los Orue. Los siete hermanos; tres mujeres y cuatro varones, se habían casado, ya tenían familia. El del medio, José, era el eterno quebranto de la madre. Y las pocas veces que había tenido un trabajo decente para mantener su mujer y los tres hijos, fue una lechada de cal para su oficio predilecto: el abigeato. Todos los estancieros en la redonda ya habían sido sus victimas, pero José “trabajaba” con astucia; siempre regalaba carne a los mas pobres de la villa, al comisario, al jefe de la Seccional en el pueblo y hasta a veces, un buen trozo para asado le llegaba a Don Colman, el acopiador  y dueño del almacén mas grande. De esa manera, José conseguía coartadas y la vista gorda de la policía y, para el pesar de la viuda Orue, Martín admiraba las hazañas del hermano y sus artimañas. Tal vez por eso, ella no objeto en contra del viaje de Martín a la ciudad, apoyándolo hasta con bastante dinero que José, benevolentemente le solía regalar; dinero que ella jamás uso, porque decía que era sucio. Lo único que ella si usaba siempre, también un regalo de José, era un rosario de marfil. Ese rosario José le compro en Buenos Aires, la única vez que trabajo fuera del país, de forma legal y decente.
            Cuando Martín llego a la ciudad fronteriza, se quedo maravillado con el espectáculo que a diario esta ciudad despliega con su transito alocado, los innumerables mesiteros que ofrecen sus mercaderías, el incesante ir y venir de turistas y compradores extranjeros. Nada tenia de parecido esto con la placidez aburrida de su pueblo; aquí, en esta ciudad, reinaba la omnipotente deidad del dinero, la codicia y la ambición. Aquí el encontraría con toda seguridad un trabajo del cual su madre podía estar orgullosa y con el dinero que el ganaría, bien podría competir por fin con José, su hermano, que siempre dejaba entrever que el era el único que le obsequiaba regalos costosos a la madre, las hermanas y hermanos. Generalmente eran cosas innecesarias y en vez de instalarle a la mama un sistema de agua corriente para facilitarle la vida, le llevaba perfumes y santos. También le regalo una cocina a gas, pero nunca le volvió a llenar la garrafa, y cuando el gas termino, la cocina fue a parar debajo del alero de paja y en su horno anidaban las gallinas. Todo eso recordaba Martín mientras observaba atónito las transitadas calles.
 Los bocinazos y el ruido de los motores le mareaban, pero estaba feliz. Pronto entablo una conversación con un hombre que le pareció confiable. Un cambista que durante algunos minutos venia observando al muchacho, barajando rápidamente sus posibilidades de ganarse un extra con ese joven. Con avidez se percato de que era carne nueva, nunca lo había visto por allí y toda la expresión del muchacho delataba su naturaleza de novato. Con una sonrisa jovial le estrecho la mano, le dio unas palmadas de camarada en el hombro y a pocos minutos a Martín le pareció conocerlo desde siempre. El cambista le ofreció mostrarle un departamento en uno de los barrios mas alejados del centro y Martín acepto. Acepto el precio de alquiler del apartamento, las cervecitas frías que le ofreció el cambista y finalmente se hizo socio de el, entregándole el resto del dinero que tenia. El cambista lo esperaría al día siguiente en el lugar donde horas antes se habían conocido y Martín ya podía sentir entre los dedos los billetes que se deslizaban, sentía el olor del dinero y entre los velos de cerveza que le iban nublando la vista, antes de caer en profundo sueño, vio la cara feliz de su madre y escucho las voces de los hermanos que le felicitaban por sus logros.
Martín jamás volvió a encontrar al cambista. Ni sabia el nombre y a los otros cambistas de la zona, su búsqueda desesperada les resulto graciosa. Entre risas y burlas Martín deambulaba entre ellos, hasta que uno le dijo que deje de fastidiar y que se busque un trabajo. ¡Un trabajo! ¡Claro que si! Si para eso el había venido. La palabra trabajo despertó en el nuevas esperanzas y empezó con la batida. Ya bien avanzado el día y con el estomago retorcido del hambre, Martín se desplomo sobre un banco de hormigón. Había golpeado muchas puertas, hablo con tanta gente, vio tantas cosas, tanta gente trabajando, descargando, cargando cajas con electrónicos que el nunca había visto antes, pero trabajo, trabajo no consiguió. En su cabeza giraba un remolino de pensamientos de culpa, de miedo y de frustración. Un chipero que pasaba con su canasta casi vacía, debió haber visto la desesperación en la mirada del joven y le regalo un chipa. Martín murmuro un “muchas gracias” y con el primer mordisco que trago, trago también la amarga experiencia de ser objetivo de caridad de otra persona.
Al atardecer volvió al departamento. Cabizbajo y desecho, sin trabajo y con hambre, se acerco a la puerta, buscando en sus bolsillos la llave cuando de pronto una voz chillona le arranco de su enajenación. Frente a el, una mujer gorda y vestida de rojo, las manos apalancadas en la cintura, lo miraba de arriba para abajo, haciendo una mueca despreciativa.
“Así que vos sos el nuevo inquilino”, dijo finalmente y luego le estrecho la mano abierta y con tono de comandante de cuartel ordeno:
“Dame la llave”. Martín deposito con dedos temblorosos la llave en aquella mano reclamante y luego retrocedió unos pasos. Esa mujer lo asustaba. La de rojo se volvió para abrir la puerta y antes de que Martín pudo preguntarse a si mismo que era lo que ella pretendía, volvió a escuchar la vos comandona:
“Apúrate y saca tus cosas, ese apartamento ahora es mío” y con un gesto imperioso invito a Martín a acatar la orden. La protesta de este se le murió en los labios ante tanta autoridad y asustado como un conejo cazado por un perro, entro y junto sus maletas, saliendo a las corridas. La risa  fragorosa de aquella mujer siguió en sus oídos por varias cuadras, hasta que finalmente llego al mismo banco de hormigón donde ya había estado al medio día. Pero ahora ya casi nadie estaba en la redonda. Los mesiteros desaparecieron como por arte de magia. Montones de basura y de cajas vacías de cartón  o isopor colmaban las veredas y algunos perros hambrientos, igual que el, husmeaban entre los desperdicios que a lo largo del día tiro la gente. Ni remotamente este panorama recordaba al de la tarde anterior, cuando Martín piso por primera vez el pavimento de aquellas calles y veredas. Y ni remotamente el ánimo de Martín era el mismo como el del día anterior. Resignado, usando su maleta como almohada, Martín se acostó en el banco duro y frío. Un perro se le acerco, olfateándole la mano que aun tenía aroma de chipa y con un suspiro hondo Martín le dio una palmada en la cabeza;
“Quizás mañana, vos y yo, tengamos mas suerte”, dijo en voz baja y luego cruzo los brazos por debajo de la cabeza y encandilado por las luces de neon de los grandes paneles de propaganda y de la luz de los faroles, cerro los ojos cansados y afiebrados. –O tal vez mañana vuelvo a casa- pensó, antes de caer en un sueño inquieto y azorado.

Varias semanas pasaron y Martín encontró changas aquí, changas allí y de cuando en cuando un compañero de trabajo lo invitaba a pasar la noche en su casa y así podía dormir, si bien no en una cama, pero por lo menos en un colchón tirado al piso. Otras veces una mujer vestida de rojo compartía un colchón con el, pero luego desaparecía y después venia otra. Y si nadie le ofrecía lugar para dormir, pasaba las noches en su banco de siempre, acompañado por los perros que ahora que Martín tenía un poquito de dinero, siempre recibían de sus manos algún resto de comida. Al anochecer ya lo esperaban y lo saludaban alegres, luego se echaban al suelo alrededor del banco, como velando el sueño de su amo, callejero como ellos.
 Las cosas cambiaron cuando Martín conoció a un muchacho que en horas de la noche descargaba contenedores. Se hicieron amigos, y  al poco tiempo Martín también descargaba camiones y contenedores en el centro de la ciudad cuando ya todos los negocios estaban cerrados y las calles estaban vacías. Muy pronto Martín aprendió y como los otros, reservaba clandestinamente una que otra mercadería para venderla al día siguiente en las calles, a un precio bastante inferior al de los negocios. Recibía su salario regularmente, compro ropas, un celular y en cuanto pudo, cambio su banco de hormigón por un apartamento bonito en los suburbios de la ciudad.
 De su gente el no sabia nada. Si bien sabia que José tenia un teléfono celular, el desconocía el numero o no lo recordaba. Así que se quedo con las ganas de querer saber algo de su familia, o tal vez ni quiso saber. Junto algún dinero y cuando se aproximo la semana santa, decidió ir a visitar a su madre. Aquel Martín, que meses atrás llego a la ciudad con cara de novato, embelesado por el  bullicio y el neon, desapareció entre las garras de un despiadado destino. Pero como el ave fénix, que renace de las cenizas, también Martín renació. Se hizo fuerte, habilidoso y actuaba con astucia. La venta de las cosas robadas le dejaba un buen saldo todos los días. Y mujeres gordas, vestidas de rojo, nunca más lo intimidaron. A veces recordaba los consejos de la vieja Apolonia y un ribete de remordimiento se quería apoderar de el. Pero Martín no  permitió que esas sensaciones se prolongaran y poco a poco iban cesando, desapareciendo por completo y también desapareció su benevolencia que solía tener con los perros y que durante algunos días le seguían esperando al atardecer, al lado del banco de hormigón.
Martín experimentaba orgullo cuando recorría con la vista las cajas apiladas con electrónicos que guardaba en su habitación. También había perfumes, prendas de vestir y calzados. De entre estas últimas cosas eligió algo para la madre, las hermanas y en especial para José y emprendió el viaje de regreso a su pueblo. Cerró muy bien la puerta, con candado adicional y todo, no sin antes esconder las cajas debajo de la cama y debajo de la mesa que estaba cubierta con un gran mantel floreado.
Era Jueves Santo cuando llego al pueblo. Al bajarse del colectivo, se topo con una fila interminable de gente que le seguía caminando a un féretro negro, adornado con rosas y orquídeas blancas de seda, igual a las flores que el a veces descargo de los camiones en medio de la noche.  Entre las personas el llego a reconocer a algunas y quiso saludar, pero los ojos llorosos con sus miradas de reproche silenciaron su boca. Intrigado le pregunto a un chico que vendía golosinas en la parada del micro.
“Murió la vieja Apolonia de la Villa”, contesto el muchachito, limpiándose los mocos con el dorso de la mano porque estaba tremendamente resfriado. “La viejita murió ayer, después de ver las noticias en la tele de su hijo José. No se bien lo que paso, pero dicen que ella reconoció a otro hijo suyo que vivía en la frontera y ahora lo busca la policía porque dicen que robo muchas cosas.” El chico quería seguir contando, orgulloso de poder informarle al extraño, pero ya Martín no lo escuchaba. Agarrando un atajo que conocía desde niño, cruzo casi corriendo el campo y llego exhausto a la casita donde el y la madre vivieron los últimos años. En el umbral de la puerta lo esperaban los hombres uniformados y los paquetes que Martín llevaba en las manos se cayeron al suelo. La vista se le nublo de lágrimas y cayo sobre rodillas. Allí, en el suelo, medio cubierto de polvo y arena, estaba tirado el rosario de su madre, el rosario de marfil y el lo agarro con las dos manos, como queriendo encontrar en esa reliquia amparo y consuelo. Cuando le esposaron los policías, de sus dedos entrelazados colgaba el crucifijo y el metal frío rozo sus dedos.
La ciudad amaneció con el bullicio de siempre. Una fina llovizna caía en blancos velos y difusamente se veían las siluetas de los edificios en la pálida luz de la madrugada. Martín se despertó lentamente; todo el cuerpo le dolía de frío y humedad. Uno de los perros dormía acurrucado a su lado, encima del banco de hormigón y la hebilla de su viejo collar le raspaba la muñeca.

Janina Bradler